¿Por qué no me quejo de los cohetes?

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Por: Eva Gaytán 

A ese manjar que aquí en la capital del estado le llaman reliquia, en mi pueblo era conocido como TACO; si hay algo que he agradecido desde que me vine a vivir a Zacatecas es la maravilla de pedir reliquia por las calles, desde que tuve carro salgo a recorrer las colonias con el fin de “hacerme” de varios botecitos llenos de taco, todos ellos terminan en el congelador de mi casa y en ocasiones podemos comer ese manjar por ahí de marzo o abril.

En mi pueblo no podíamos pedir reliquia, a mi amá Luz no le gustaba que lo hiciéramos y como éramos muy entendidos pues por supuesto que no íbamos a infringir las reglas de mi amá Luz; pero llegando a Zacatecas todo nos valió un cacahuate.

Las fiestas religiosas, contrario a lo que la gente puede pensar dado mi florido lenguaje y mi actuar ojete, son de amplio significado para mí, cada que se presentan recuerdo la fe que tenía mi amá Luz (por cierto he olvidado decir que es la mamá de mi papá) y su necesidad de hacer Taco para sus santitos.

La fiesta más grande en la casa de mi abuela era el día de la Virgen del Refugio, que por cierto coincidía con el cumpleaños de mi tía Cuca, una hermosa mujer chaparrita y parlanchina que murió de cáncer a muy temprana edad; para esa fiesta mi abuela hacía enormes cazos de asado, y arroz y fideo, a veces hacía tortillas de colores y si había suerte hasta agua fresca andaba dando.

Claro está que para hacer el TACO se trabajaba todo el año, pero dos semanas antes, mi apá Varos, papá de mi papá, se ponía a desvenar el chile con la condición de que mi abuela le limpiara los mocos, por aquello de la enchilada de la nariz (esto yo no lo recuerdo pues mis abuelos Varos y José murieron antes de que yo naciera, pero mi madre siempre me cuenta eso cuando salimos a pedir reliquia y recuerda lo difícil que es hacerla).

Cuando mi apá Varos murió entre todas las tías y mi mamá desvenaban el chile, la que más hacía era mi tía Cuca.

Era maravilloso verla en chinga, corría por todos lados y su tamaño pettite hacía creer que era incluso más rápida de los que era; mi tío Luis meneaba los chicharrones en lo que “la bola de viejas” tenían listo el chile para hacer el asado.

Para el niño Dios hacían  tamales, y el trabajo era igual o peor y para levantar el niño el día 6 de Enero se hacían buñuelos, en ambas fechas se hacía café de olla con mucha azúcar y friego de canela; a extender buñuelos sí llegué a ayudar, en lo demás no porque yo era muy chiquita y pendeja.

El día del Divino Rostro hacía tamales o menudo, de ese no me acuerdo la mera verdad, porque lo único que me importaba era que podía correr como chiva loca en la calle, a veces sacaba mis muñecas a veces la bici, pero era genial salir a jugar a la calles debajo de los pinos de María de José Reyna, en ese día podíamos dormir tarde y nadie nos regañaba (ese nadie obvio era mi mamá).

El día de la Virgen de los Dolores hacía agua fresca y la gente pedía agua por las calles, no crean ustedes que era agua fresca pedorra, no, era una agua fresca excepcional, lo más cercano a ella en la actualidad es el Clericot (como mierdas se escriba); para eso la gente se acercaba a los altares y gritaban “¿Ya lloró la virgen?” y si ya no había agua ofendían a los propietarios de los altares gritando “Aquí no lloró la virgen” (nunca entendí por qué eso podría resultar ofensivo, digo en mi mundo es bueno que la madre de Jesús no llore, ¿no?)

En cada fecha que mi abuela hacía reliquia, o mejor dicho TACO, eran días mágicos para mí, quizá para mi mamá, mis hermanas, primas y tías no lo era porque implicaba un gran trabajo, pero ese gran trabajo permitía que los pequeños (mi hermano y yo) viéramos la enorme familia que teníamos y la importancia que los santos tenían para mi abuela y por ende para nosotros.

Cuando escucho los cohetes anunciando alguna festividad religiosa en lugar de sentirme encabronada por el ruido, o agobiada por pensar en la “maldita iglesia” recuerdo a mi amá Luz, carcajeándose por todo, a mi tía Cuca corriendo por todos lados, a mi madre joven y fuerte con su rostro adusto y sus palabras seguras, a mis primas poniendo a todo lo que daba las canciones de los Temerarios, a mi tía Cuca (nuevamente) oliendo a manzanilla y flores silvestres, acomodando los altares y dando el aire divino a cada cosa que ella tocaba; siempre he creído que ella era tan buena que una parte de ella era medio santa, pero si ella viviera y supiera mis pensamientos sin duda diría “¡Pelona, no sea pendeja y chingue su madre!”

Recuerdo a mi hermano y a mí misma siendo niña, sentados en el umbral de la puerta que conectaba con el patio donde estaba la carpintería y el zaguán donde se instalaba el altar, él y yo estorbando y viendo.

Y recuerdo el olor a asado, a manteca de cerdo caliente esperando que le echaran  el chile, el arroz, para hacer el chirrido y despertar los olores más perfectos del mundo.

No. No creo que un día me moleste el sonido de los cohetes, porque creo que pueden servirnos como referente para saber dónde hay alguien que aún tiene fe en algo (y sobre todo dónde hay reliquia).

No. No creo que un día me molesten los cohetes, porque entonces me molestaría recordar la casa de mi amá Luz en días de fiesta; hasta he pensado que si ella hubiera tenido un poquito más de dinero esa casa hubiera parecido fábrica de pirotécnia.

No. No creo que un día me molesten los cohetes y los maldiga, porque ese día no tendré cara para formarme y pedir poquito asado con arroz y retirarme diciendo: “Gracias, Dios se los rinda”, porque así me enseñó mi mamá y así recuerdo a mi mamá Luz pidiendo a Dios que le rindiera su ofrenda.