Los riesgos de hacer historia

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Por Lucía Medina Suárez del Real

Pedro Salmerón cometió uno de los pecados a los que están más expuestos los historiadores, el de tocar una herida abierta, un tema tan cercano temporalmente, que aún duele casi en carne viva.

No es el único. Aún no podemos hablar del asesinato de Luis Donaldo Colosio, porque en una de esas los responsables no solo están vivos, sino también en funciones.

Lo mismo podría decirse con el asesinato de Digna Ochoa, o el de Francisco Ruiz Massieu.

No hay suficiente perspectiva para hablar del movimiento neozapatista, por lo que todo análisis al respecto está atravesado por la pasión de la contemporaneidad.

Hoy en el siglo XXI aún escuchamos discusiones que hubiéramos pensado superadas en el siglo XIX, con respecto a instituciones como el matrimonio, cuando oímos argumentos que se aferra al origen religioso del concepto para negar el acceso a él a una minoría. O bien cuando se percibe el pánico en sectores conservadores porque en la ceremonia del grito se hayan pronunciado las palabras “fraternidad universal”.

Hace apenas unas semanas que el embajador de Estados Unidos en México expresaba su desconcierto por el apoyo que Frida Kalho le profesaba al régimen comunista ruso, desatando resquemores.

Aún más lejano en el tiempo resulta la guerra cristera, sin embargo sigue causando debates y pasiones.

En ese contexto, y en medio de la construcción de un nuevo régimen político, al menos así se pretende, resulta espinoso hablar de la guerra sucia.

Ese riesgo corrió Pedro Salmerón en un texto en el que se dedicó a retratar a Eugenio Garza Sada como un hombre humanista y de visión social que resultó el blanco elegido por la Liga comunista 23 de septiembre para secuestrarlo, y dar inicio con ello a presiones políticas contra un gobierno represor que no daba margen a la lucha a través de vías pacíficas.

En esas 400 palabras entre las que se habla de don Eugenio como “notable emprendedor” como “modesto y austero”, Salmerón califica de “valientes” a los guerrilleros que intentaron fallidamente su secuestro.

Calificando de esa manera a las personas, y no al hecho en sí, el historiador destacaba la cualidad inherente a cualquiera que tome las Armas para pelear por su causa, así sea ésta justa o no.

En aras de brindar al lector contexto que permitiera entender mejor el texto, Salmerón destacó en comentarios posteriores el momento político que dio origen a ese movimiento. Había pasado ya el 2 de octubre del 68, y también el halconazo del 71. Fascinaba el ejemplo de la revolución cubana que recogía sus frutos sociales, y parecía ser la vía armada la única posible en un país como este que negaba el registro a partidos políticos de izquierda, y reprimía los movimientos sociales que defendían esas causas.

Los protagonistas de esos tiempos que sobrevivieron a aquellos momentos en uno y otro bando, están aún entre nosotros.

En puestos públicos aún puede encontrarse a ex guerrilleros, y hace apenas unos años que el general Acosta Chaparro, actor de aquellos años, aun tenía relevancia y actuación en la vida pública.

No ha pasado el suficiente tiempo para que la memoria colectiva mitifique a los actores de aquellos tiempos borrando sus matices, resaltando en unos las virtudes y en otros los defectos.

Al mismo tiempo ha pasado tanto que todavía no puede comprenderse suficientemente que la situación política de ahora no era la de entonces.

Con vara distinta se mide a los personajes que llevan ya lo suficiente en los libros de historia, como Pancho Villa, quien con sus casi 30 relaciones sentimentales no causa boicots feministas y al contrario nos resultan casi simpáticas. Pasa desapercibido también que su pragmatismo lo llevaba a enfilar a quienes serían fusilados de tal manera que la misma bala atravesara a más de uno, en espera de poder ahorrar, según nos cuentan sus biógrafos.

Probablemente para cuando usted lee estas líneas ya se definió la permanencia de Salmerón en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) , quizá incluso ya declaró al respecto el presidente Lopez Obrador.

Nada de lo que pueda decir por tanto en defensa o ataque de Pedro Salmerón tiene ya relevancia. Lo cierto es que al momento, ha empezado a rediscutirse la guerra sucia en la que se enmarcó la muerte de Eugenio Garza Sada y las torturas, desapariciones y asesinatos que padecieron los integrantes de la Liga 23 de septiembre.

Esta vez y en este contexto político es de esperarse que pueda escucharse con más resonancia la visión de los vencidos.

Esa es la más grande contribución que puede hacer un historiador y una institución pública como es el el INEHRM.