La educación y los mochos

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Por: Alberto Gaytán 

En general, durante el siglo XXI los mexicanos hemos sido un pueblo sumiso a la voluntad del gobierno.

Estamos acostumbrados a sólo quejarnos de las malas decisiones y mala administración del estado, pero muchas veces nuestras quejas no van más allá de un comentario a la hora de comer, un meme en Facebook, y ya.

La gasolina sube, los asesinatos, feminicidios, secuestros, linchamientos, robos… todo aumenta; ante eso, todos calladitos creyendo que sólo podemos desquitarnos cada seis años en las elecciones.

En México todo puede pasar, toda situación es sostenible y tolerada, excepto claro, que se aborden temas a los que la gente teme:

La reforma educativa de Enrique Peña Nieto trajo, entre otras cosas, la modificación de las cuatro páginas de los Libros de Texto Gratuito que abordaban la sexualidad humana para brindar más información a los estudiantes de primaria, secundaria y preparatoria. El nuevo contenido sólo pretendía ampliar, debido a las condiciones contextuales, el conocimiento sobre el tema.

Según la Encuesta Nacional de la Juventud en 2015 México ocupó el primer lugar en embarazos adolescentes en todo América Latina, además el 25% del total de los embarazos son de adolescentes, y por supuesto, estos no fueron planeados. Ningún país ha combatido los embarazos adolescentes regalando condones a toda la población.

Hay evidencia objetiva que nos sugiere que se requiere más información sobre estos temas innecesariamente controversiales, pero  algunas instituciones como el FNF o el extinto PES colocan el concepto de Educación Sexual Integral como un equivalente de Instructivo para el Kamazutra Gay y aunque pueda ser hilarante para algunos, la institucionalización de estos valores es un impedimento al progreso social.

Aún recuerdo el quinto grado de primaria:

Nos dieron los libros de la SEP, el ejemplar de Ciencias Naturales comenzaba con temas sobre la fotosíntesis y en alguna página a mitad  de la quinta unidad leíamos el tema: “La Reproducción Humana”, con un capítulo de tan sólo cuatro o cinco hojas con dos ilustraciones del aparato reproductor masculino y femenino señalado con lìneas que indicaban los nombres de las partes que los conformaban.

Mis compañeros y yo lo veíamos con morbo, nunca antes se nos había enseñado sobre esas partes de manera seria, todo eran sobrenombres y albures. Dos semanas después de haber empezado el curso, aun sin haber abordado el tema en cuestión, los padres de mi compañera Mónica (que pertenecían a una iglesia “protestante”) fueron a hablar con el maestro. Ellos no estaban de acuerdo con que a su hija le hablaran de sexualidad. ¡Ellos no iban a permitir eso porque luego iban a provocar que su hija despertara su apetito sexual a temprana edad!

La discusión no se quedó con el docente, llegó hasta la dirección de la escuela, en donde se acordó que Mónica no asistiría a clases los días que esos temas fueran vistos, mientras que al libro de Mónica se le arrancaron las páginas con prejuicio conservador.

Los años pasaron, Mónica y yo continuamos nuestra educación en escuelas diferentes.

El tiempo enterró este capítulo en mi memoria, y lo catalogó como algo irrelevante, hasta que seis años después de los polémicos eventos de la primaria apareció en mi Facebook una solicitud de amistad de una tal Mónica, digámosle Pérez. Entré sin estar seguro de si era la persona en la que pensaba, pero sí, su Facebook estaba lleno de fotos de una Mónica menos infantil, bastante guapa debo decir. Acepté su solicitud y a continuación le envié un mensaje para saludarla, gracias a la conversación me enteré que Mónica se había atrasado dos años en la escuela, tenía 17 y apenas comenzaría la preparatoria porque a los 15 años quedó embarazada de su primer novio y tuvo que detener su educación para dedicarse a ser madre por accidente, por ignorancia, por falta de información.

La situación de Mónica no es un caso aislado, la situación de Mónica es un evento que se repite una y otra vez entre las adolescentes en México muchas veces cruzando las diferencias socioeconómicas pero casi siempre abundando entre las mujeres más pobres. Para Mónica ser madre no fue una bendición, desde el momento en que tuvo relaciones sexuales sin protección y hubo concepción la sociedad mexicana prescribió lo que pasaría con ella. Desde que su embarazo comenzó no había marcha atrás, sus padres que no le permitieron tener acceso a la escaza información ofrecida por el Estado, por supuesto no permitieron que ella abortara, porque el solo concepto era un terrible pecado, su embarazo continuó y concluyó muy a pesar de la edad de su hija.

Su embarazo la hizo pausar su educación, y la obligó a trabajar para poder sostener a su familia, afortunadamente tuvo la oportunidad de seguir estudiando. Mónica era de las chicas más listas de mi clase, Mónica tenía potencial, Mónica ganó el primer lugar en matemáticas en un concurso pero esas ideologías no permitieron que ella pudiera decidir, terminaron orillando a Mónica a modificar toda aspiración que ella tuvo por un error que cometió a los 15 y que tal vez pudo haber sido evitado o incluso corregido. Me pregunto si los papás de Mónica pensaron en aquel episodio donde se quejaron del material educativo cuando se enteraron que su hija adolescente estaba embarazada. Me pregunto si continuaron repitiendo esas ideas para sus otros hijos o pusieron las cosas en perspectiva y sintieron la necesidad de la educación sexual en carne propia. Me pregunto si Mónica sigue satanizando la sexualidad como sus padres lo hicieron, me pregunto cómo será que ella está educando a sus hijos.

El caso de Mónica no es el único ejemplo de como la normalización de los prejuicios desemboca siempre en el prejuicio de las personas que son adoctrinadas de esta manera.

Mi educación secundaria fue en un colegio católico bastante conservador que ponía mucho énfasis en el aborto como si del asesinato de una persona se tratase.

Cuando estaba en primer grado tenía amigos de grados superiores, me contaban que en la clase de Religión III había una sesión en la que se ponían vídeos sobre el aborto y por qué era una acción castigable. Cuando a nuestra generación le llegó la hora de ser expuestos a esta propaganda se nos enseñó un vídeo, que ahora me parece absurdo, sobre un feto que le escribe una carta a su mamá y dice tonterías como “épale, épale, ¿Por qué me quitan mi piernita?” lo cual es cómico si nos ponemos a pensar que previo a las 12 semanas de gestación el tubo neural aún sigue sin desarrollarse, ni siquiera tiene piernas. El otro video que no era más que el ultrasonido al momento de realizar un aborto, dramatizado con música que te hacía sentir bastante culpable aunque solo fuese una imagen en blanco y negro de un tubo absorbiendo un grupo de células en un vientre. Recuerdo que no sentí absolutamente nada, pero varios de mis compañeros estaban llorando porque la propaganda había surtido el efecto deseado, colocar al cigoto al nivel de persona adulta para sentir que el aborto era literalmente la tortura y aniquilación de una persona desarrollada. Recuerdo que había un chico, que estaba riendo porque su papá era médico y le había explicado el aborto con objetividad. En su momento me pareció cruel la manera en la que el chico encontraba cierto grado de humor en las imágenes. Ahora siento que ese chico fue el más inteligente, no por reír, sino por poder descifrar el propósito de la propaganda y poder evitar caer en el adoctrinamiento que esta busca.

Así como pasó con Mónica, la propaganda tuvo efectos colaterales en su audiencia. Dentro de mi generación de secundaria hay al menos seis personas que ya tienen hijos, es el número más alto de entre todas las generaciones académicas de las que he sido parte.

De la misma manera en que considero que la visita de los padres de Mónica a la escuela no es un evento aislado del hecho de que su hija se embarazó cuatro años después, tampoco lo es la propaganda mocha sobre el aborto y el hecho de que mis compañeros tuvieran hijos a edad temprana. Dejemos de tolerar los prejuicios sobre temas que deberían ser abordados por expertos en la salud, dejemos de normalizar bajo el emblema de derecho a libertad de opinión el hecho de que se exija que las escuelas dejen de enseñar tan importantes temas solo porque un grupo considera que no se debe enseñar de ese modo aun cuando éste ignore a propósito las dimensiones de sus acciones.