AMLO, entre moros y cristianos

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Por: Lucía Medina Suárez del Real

La catástrofe que sacudió esta semana a los que se sienten en la antesala del apocalipsis fue Carlos Urzúa y su renuncia a la Secretaría de Hacienda con una carta que se dio a conocer vía twitter.

En ella dejaba ver diferencias con personajes destacados del gobierno federal: el propio presidente Andrés Manuel López Obrador; Manuel Bartlett, director de la Comisión Federal de Electricidad; Rocío Nahle García, secretaria de Energía, y Alfonso Romo, jefe de la oficina del presidente.

Entrados en gastos, y con los micrófonos que sobran a los arrepentidos de la 4T, se dieron a conocer más detalles.

Sabemos ahora que en el corazón de la renuncia del ex titular de Hacienda hubo sobre todo diferencias técnicas e ideológicas. Que prefiere invertir en extracción y producción de crudo, que en la refinación de petróleo, que no le gustó la cancelación del aeropuerto de Texcoco, y que deberíamos aceptar pagar un gasoducto que “puede ser cierto (…) que haya sido caro” en lugar de pelearnos con las grandes chequeras americanas y canadienses.

En resumen que sí es muy neoliberal para lo que este gobierno federal se propone.

Con quien Urzúa dejó sentir la mayor de sus durezas fue Alfonso Romo, a quien acusa de conflicto de interés, aunque advierte que no le consta, y admite que el propio López Obrador le impidió meter las manos en las secretarías de Economía y de Hacienda.

Luego de los matices, Urzúa explica que el problema es que Alfonso Romo está conociendo información que en otro momento puede servir a sus empresas.

Habría que analizar si eso podrá evitarse con la medida legal que prohíbe a ex miembros del gabinete integrarse a la iniciativa privada hasta diez años después de la salida del sector público, como han hecho, entre otros tantos, José Antonio Meade o Ernesto Zedillo.

Además de esto, Urzúa cuestiona cómo una mente tan conservadora como la de Romo, admiradora –dice- de Pinochet y Marcial Maciel puede tener cabida en el gabinete de López Obrador quien justamente tiene en la antítesis de estos dos personajes a personajes de toda su  admiración.

No hay secretos. Es bien sabido que Alfonso Romo canceló la publicidad de sus empresas en aquellos medios de comunicación donde se difundiera la pederastia del fundador de los Legionarios de Cristo.

Y no, obviamente Romo nunca cayó bien a parte de las bases lopezobradoristas, como probablemente tampoco sucedió con el expresidente del PAN Germán Martínez, el integrante del Yunque Manuel Espino, y si se sigue, Esteban Moctezuma, Josefa Ortiz Blanco, e incluso Manuel Bartlett y Marcelo Ebrard.

Todos ellos en algún momento, y por algún sector, han sorprendido por su integración al proyecto del tabasqueño dado su pasado en otras fuerzas políticas a veces confrontadas.

¿A qué se debe? No es un enigma, el propio López Obrador ha expresado reiteradamente su fe en que las personas puedan cambiar. Así lo hizo en el programa Tercer Grado donde ejemplificó con el sacerdote Oscar Arnulfo Romero, su convicción de que alguien podía pasar de una formación de derecha a la más auténtica convicción por la justicia social.

Por otro lado López Obrador sabe que un día se le acusa de estar profundizando el neoliberalismo, y al otro de estar a punto de declarar a este país como Venezuela del Norte; que se le recrimina el populismo radical de izquierda, en tanto se le acusa de ser un títere de empresarios. Que los mismos que lo acusaban de recibir apoyo ruso hoy le reprochan ser un agachón frente a Donald Trump.

Lo ha dicho con toda claridad: “la política es elegir entre inconvenientes”. Por lo que está acostumbrado a hacer de equilibrista.

No tendría por qué sorprender a nadie, los juegos de poderes, las diferencias técnicas e ideológicas son constantes en cualquier grupo social, y mucho más marcadamente en el mundo político.

Ningún gobierno es monolítico. Las diferencias son normales y si encuentran la forma de convivir son incluso deseables.

Es comprensible que esto asuste a quien no sabe jugar bajo esas reglas. El propio Romo lo ha dicho, en la iniciativa privada normalmente el líder decide y ordena, en lo público se propone y se negocia.