Amar sin amparos

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Por: Lucía Medina Suárez del Real

Flores, chocolates, pasteles, peluches; todo se vende al por mayor en el 14 de febrero, esa fecha tan inserta en nuestra cultura que la festejan lo mismo matrimonios, novios, parejas extramaritales, amigos, etc.

Hay un sector de la población que algunos calculan en 20% cuyo festejo está obligado casi a la clandestinidad, a limitarse a los confines de su hogar, a los rincones donde nadie los ve, a bares hechos ex profeso.

Se trata de las parejas formadas por personas del mismo sexo, las habituadas a escuchar que “hagan lo que quieran pero en su casa” en voz de las mismas personas que las escrutinan con miradas morbosas que intentan adivinar lo que hacen en su intimidad.

Las que lidian con la patologización, la equiparación a la locura, a la pederastia, al pecado; con los chistes hirientes y la censura.

Para estas parejas la celebración del 14 de febrero es a medias porque por todo lo anterior, muchas de ellas se abstuvieron de caminar de la mano por las calles principales, de mandarse sorpresas a los trabajos o las escuelas, de reservar suites en hoteles o mesas en restaurantes caros, de pedirse matrimonio en lugares públicos porque por mucho que se ha avanzado, la discriminación por orientación sexual es defendida bajo el escudo de una moralidad impositiva que se asume dueña del lenguaje, de los conceptos jurídicos, de la verdad absoluta, y con derecho a mandar sobre los cuerpos ajenos.

No es difícil de prever que en unos años nuestros hijos y nietos se avergüencen  de los argumentos que hoy escuchamos  cotidianamente. Nos parecerá tan absurda la discriminación de hoy, como ahora vemos a quienes creían que los zurdos eran manifestaciones diabólicos, que la gente de raza negra y la blanca debían vivir separadas (porque “por algo Dios nos había hecho distintos”), que los albinos eran una maldición, o que la mujer no debía votar y participar en la vida pública porque fue creada para otra función.

Pese a que aún falta mucho trecho por andar, es de reconocerse que el Estado mexicano ha avanzado en la materia. Los matrimonios igualitarios son ya una realidad posible en todo el país, y no habrá regreso para ello.

Sin embargo el procedimiento para acceder a ello es más largo que para las uniones entre personas de sexo distinto.

En los matrimonios igualitarios es necesario tramitar un amparo de carácter federal que deje sin efecto los códigos locales que todavía no se armonizan para permitir la Unión entre dos personas del mismo sexo.

Con ello, además de complicar el camino para un sector de la población que paga los mismos impuestos, que está sujeto a las mismas obligaciones y que sin embargo no está accediendo a los mismos derechos, se está violando el mandato de la Suprema Corte de Justicia de la Nación quien ya ordenó corregir esta inequidad.

Pero si bien lo legal no tiene retorno, en lo político se avanza lento por el temor de muchos de cargar con el costo político que conllevaría desobedecer a un grupo social que cuenta con el respaldo de algunos sectores eclesiasticos que han asumido como afrenta lo que no les afecta.

Los legisladores locales que se niegan a hacer su trabajo corren la suerte de que  la presión política ha disminuido debido a que incluso con la inequidades, quien así lo decide tiene la posibilidad de casarse y acceder, cada vez más a todos los beneficios sociales que el matrimonio civil permite.

Hace apenas unos meses el senador Germán Martínez promovió que el IMSS e ISSSTE reconocieran sin condiciones a todas las parejas sea cual sea su composición, y brindarles todo a lo que tienen derecho.

En ese contexto, el llamado de una autoridad municipal como la de la capital de Zacatecas a hacer lo correcto y eliminar toda posibilidad de discriminación, es valiosa y valiente porque fortalece en lo político lo que en lo jurídico ya se determinó, pero se posterga por la cobardía legislativa.

Ese pronunciamiento que en términos estrictos tendría que sobrar, cobra relevancia porque la igualdad ante la ley, y la NO discriminación todavía son la excepción y no la regla.